domingo, 23 de octubre de 2011

Islamismo y democracia en Tunez

Ciudadanos tunecinos votando en un colegio electoral.
“Si ganan, pierdo el trabajo y el local cierra o se reconvierte”. Samir, 25 años, hace este pronóstico tajante sobre lo que sucederá después del domingo si ese día el partido islamista En Nahda gana las elecciones en Túnez. Para pagarse sus estudios, sirve copas en un local cerca de la playa de Gamart, un acomodado suburbio de la capital.
Por primera vez en la historia de Túnez desde la independencia, hace 55 años, el domingo se celebrarán unas elecciones democráticas para elegir una Asamblea Constituyente que deberá redactar una nueva Constitución, pero de la que surgirá también un nuevo Gobierno de transición. Los sondeos y los analistas prevén una victoria islamista.
Samir ha crecido, como otros muchos jóvenes de las grandes ciudades costeras, en el país menos impregnado de religión del norte de África. “Desconfío del discurso apaciguador de los barbudos”, prosigue. “Sé que si resultan vencedores se acabó mi sustento porque en el mejor de los casos el alcohol solo se podrá consumir en hoteles para turistas”, añade.
El discurso islamista es, desde luego, tranquilizante. Rachid Ghanouchi, el líder de En Nahda, explicaba en mayo a este corresponsal que en Túnez había mucho que aprender del modelo político turco. Ha asumido el “estatuto personal” del que goza la mujer tunecina desde 1956, el más avanzado del mundo árabe con la excepción de Líbano. Ha aceptado la paridad de ambos sexos en las listas electorales. En su programa de gobierno recalca el derecho de la mujer a la “igualdad, educación, trabajo y participar en la vida pública”.
En su línea conciliadora Ghanouchi apostaba, en otra entrevista en verano con la prensa extranjera, “por la formación”, después de las elecciones, "de un Gobierno de coalición con los demás partidos durante los cinco próximos años”. En su programa también promete la creación de cerca de 600.000 puestos de trabajo durante el próximo lustro pese a que desde el estallido de la revolución el crecimiento, el más sostenido del norte de África durante años, está estancado.
Ghanouchi se ha dejado además maniatar. En ese parlamento en la sombra que ha sido durante estos meses la llamada Alta instancia para la realización de los objetivos de la revolución, el líder islamista suscribió, con los partidos y sindicatos allí representados, un Pacto Republicano con tintes laicos del que debería inspirarse la nueva Constitución.
Pese a tantas garantías los dirigentes En Nahda se decantan, y su número dos Ali Larayeh lo reconoció en los foros a puerta cerrada a los que asistió en Madrid y Ginebra, por reforzar la identidad musulmana en el sistema político, educativo y hasta en el judicial, pero sin forzar imposiciones. Hace más de un cuarto de siglo que renuncióa la violencia.
Las bases de En Nahda, sobre todo en el Túnez profundo, son “mucho más rigoristas que su cúpula”, advierte el sociólogo Alaya Allani. Destacan los imanes que, aprovechando el desconcierto de la transición, ha colocado al frente de muchas mezquitas. En Feriana, en el centro del país, uno de esos cleros dedicó su sermón del viernes en la mezquita a pedir la dimisión del Gobierno y la aplicación de la sharia (ley islámica). Parte de los fieles se marcharon, pero él que sí permaneció en el templo fue el jefe local de En Nahda.
Con motivo de las violentas protestas salafistas contra la cadena de televisión privada Nessma, que difundió hace dos semanas la película Persépolis, una sátira del régimen iraní, la dirección de En Nahda tuvo una actitud algo ambigua. Larayeh condenó, por ejemplo, la violencia, pero también la “provocación” de la cadena y de la directora, Marjane Satrapi, que rodó el largometraje de animación en la que Alá aparece con aspecto de anciano bonachón. El islam prohíbe su representación.
Ayer fue el propio primer ministro, Beji Caid Essebsi, el que enmendó la plana a Ghanouchi por advertir, el miércoles, que sacarían a sus fuerzas a la calle sí se producía un fraude electoral que le fuera desfavorable. Estas van a ser probablemente las elecciones más vigiladas de la historia por la comunidad internacional a la que se ha sumado la sociedad civil tunecina. Por eso, le dijo, “no es posible que haya fraude”. “Los que dudan del procedimiento electoral es como si dudasen de sí mismos”, concluyó.

Tomado de la edición digital del diario: El País.