viernes, 24 de octubre de 2014

El dragón y el madroño


La china es la única comunidad extranjera que creció en Madrid en 2013. Una segunda generación que rompe estereotipos y el creciente interés por su cultura de los españoles abren una vía para una nueva relación 




Clases de chino en la academia Bunkyo, cerca de la Gran Vía. / ÁLVARO GARCÍA

"¿Cómo te llamas?”, pregunta una adolescente con indudable descaro. “Felipe”, contesta un joven chino bajando la música de unos auriculares que cubren gran parte de su cráneo. 

Es fácil que esta conversación, escuchada en un vagón de cercanías en Vallecas, se repita en muchos otros puntos de la ciudad. Si no con esa desvergüenza, al menos con la curiosidad que ocasiona el encuentro con una persona de rasgos físicos diferentes, como son los orientales. 

La otredad, que diría la Wikipedia. Incluso si la persona a la que suponemos extranjera posee nacionalidad española y habla el idioma local como lengua materna, que es lo que pasa en gran medida con los chinos que viven aquí. 

Porque en Madrid ya crece la segunda generación de chinos nacidos en nuestro país. Y compone la única comunidad extranjera cuyo número creció en 2013, cuando otras ya habían huido o se habían estancado. Este año se inició con 185.250 habitantes chinos repartidos por el territorio nacional. 51.300 en nuestra región, casi una cuarta parte del total. Y suponen la quinta población extranjera tras las de Rumanía, Marruecos, Reino Unido y Ecuador. 

Pero su forma de vivir ha cambiado. Carne de estigma, la población china ha pasado de estar relegada al mostrador de un bazar o a los fogones de un restaurante a ocupar un pupitre en las escuelas, ser un compañero de trabajo o reunirse en asociaciones universitarias de estudiantes. El progresivo abandono del estereotipo que sobrevolaba sobre esta población (tachada de desconfiada, huraña e incapaz de integrarse) se ha producido junto al interés hacia su lengua y, cómo obviarlo, hacia su pujante economía.

Anuncios de compraventa que mezclan español y chino en Usera. / Á. GARCÍA

“Ahora no nos miran, como cuando vine con mis padres y viajábamos por pueblos”, ríe Kwang Cheng, taiwanés de 36 años que optó hace ocho años por montar la academia de idiomas Bunkyo, al lado de la Gran Vía, después de pasar toda la vida en Madrid. “Vienen algunos chinos, pero sobre todo españoles. Lo hacen por curiosidad, por trabajo, para mejorar su currículum, por amor…”, enumera Cheng. “Veo a las nuevas generaciones mucho más integradas, aunque hemos pasado de extranjeros a inmigrantes, que es un estatus menor”, analiza quien comenzó con un discreto local y ya cuenta con varias aulas, una decena de profesores y grupos que rotan a lo largo del día. 

Los libros que estudian los tienen bien cerca. A unos metros se encuentra la librería Aprende Chino Hoy, que contiene volúmenes en japonés, coreano o chino. “La mayor diferencia es que los dos primeros idiomas los estudia gente mayor que tiene un interés determinado, y el chino es para niños”, señala Javier Moreno, que lleva siete años empleado en esta tienda y tiene un manejo más que fluido del mandarín tras una década empeñado en descifrar sus caracteres. “Es muy complicado y requiere tiempo. Muchos padres vienen con sus hijos para que lo vayan interiorizando desde pequeños”. 

Raquel Rubio es un ejemplo. Esta madre de 40 años decidió contratar a una asistenta china en cuanto nació su hijo, hace seis. Ahora gestiona la empresa Enjoy Mandarín junto a su socia Xiaojuan Liu, de 33 años. “Quería que mi hijo se criara envuelto en el idioma”, responde. Su plan ha tenido un resultado muy satisfactorio. “Mi hijo entiende todo y es prácticamente bilingüe”, asegura la madre. Y además se convirtió en una red de niñeras, empleadas del hogar y profesoras particulares —todo en femenino— que ya suma unas 300 personas. “He notado un cambio de tendencia impresionante. Antes se decía ‘¿Chino? Ya tengo bastante con el inglés’ y ahora se aboga por los dos”, explica. 

Rubio también matiza que la mayoría de clientes, llegados por el boca-oreja, ya hablan otra lengua extranjera como el inglés o el francés por su formación o su ascendencia. Muchos colegios —privados en su mayoría— ya ofrecen el chino entre sus actividades extraescolares. Y el número de academias, como la ya citada, se ha multiplicado. 

El acercamiento se nota en la actitud hacia el idioma, pero también en las escenas cotidianas. Parques infantiles, bares de copas o centros comerciales. Aunque la coexistencia más visible se produce en Usera (Useras, con ese, lo llaman algunos: puro cheli). En este distrito del sur, con algo menos de 140.000 habitantes censados en 2012, se concentra la mayoría de la población china (un 22,4% del total de la Comunidad). Apearse en esta parada del suburbano es como trasladarse a Pekín: carteles y anuncios en chino, parejas orientales de la mano… Nada más salir las aceras muestran cientos de paneles en chino. Cerca, la servidora de telefonía china You Mobile comparte un edificio empresarial con la consultora Mayeasy y con el Asador de Pollos Tokyo. Solo un trabajador esboza las suficientes palabras en español como para explicar el negocio: los clientes son familias chinas del barrio que llaman por un céntimo el minuto a China. La oficina hace esquina con la calle Juan Español. 

Grupo de alumnos de chino en una de sus clases. / ÁLVARO GARCÍA

La biblioteca pública José Hierro, por su parte, acoge un centro de estudios chinos al que acuden los residentes de esta comunidad del barrio. Elvira López, trabajadora del turno de tarde, contabiliza los 1.177 documentos en mandarín que atesoran. Novelas, diccionarios o DVD. La gerencia se encarga de conseguirlos por medio de editoriales del país. También hay donaciones. El libro más leído, con 96 préstamos en 11 años, es The wicked dragon law blows. Una aventura juvenil a lo Harry Potter, otra saga de las más solicitadas. “Les damos servicios específicos y promovemos su cultura. Como usuarios son muy decididos, casi no consultan nada”, cuenta. 

¿Adónde van los chinos cuando mueren? es el título que eligió el periodista Ángel Villarino para introducirnos en de las formas de vida y de negocios del colectivo en España. “Sorprende su capacidad de prosperar. Es la única comunidad inmigrante que ha conseguido enriquecerse de manera visible, la única que ha tejido una red de intereses sólidos con instituciones y empresarios locales”, escribe. También cuenta el rechazo de esta población hacia el occidental y destaca cómo una encuesta de la web Sohu de 2012 reflejaba que el 95% creía que se les trataba con demasiada violencia. “Hay mucha reticencia hacia el extranjero y un marcaje directo de la policía para sacar dinero y amedrentar a todos los que han venido de fuera”, afirma la madrileña Yolanda García Valdés desde Pekín, donde lleva cuatro años estudiando y donde percibe “de forma exagerada” el aluvión de españoles que se han ido para allá. 

Quizás la solución a estos prejuicios, que en Madrid se están atenuando desde hace unos años gracias a la integración de la población china y al interés hacia su lengua, pase por esa mundialización sobre la que dan vueltas los trabajos de Dominique Wolton. “Organizar la convivencia cultural es asegurar un mínimo de comprensión mutua que amortigüe los efectos de la mundialización”, asevera este pensador nacido en Camerún. Así es como se produce el entendimiento entre Felipe y la adolescente del tren. O entre las miles de personas de esta ciudad embrujadas por el gran dragón. 


Fuente: El País