viernes, 10 de septiembre de 2010

Un día sin inmigrantes en Madrid



ANTONIO JIMÉNEZ BARCA. Diario El País - Madrid - 06/02/2005
 
¿Qué pasaría si en la ciudad californiana de Los Ángeles desaparecieran los inmigrantes? Ya hay respuesta. Está en la película mexicana Un día sin mexicanos, estrenada en agosto en Estados Unidos: sin el trabajo de los latinoamericanos, la ciudad se vendría abajo. La cuestión es trasladable. ¿Qué pasaría si de la noche a la mañana desaparecieran en Madrid los inmigrantes que viven en esta Comunidad? En 1980, eran 30.500. Hace 15 años, 61.500. Pero ahora son casi 800.000. La inmensa mayoría reside en la capital y en su corona metropolitana. No todos están regularizados. Para los que no tienen papeles, mañana es un día especial: se abre el plazo para lograr el permiso de residencia si demuestran que tienen un contrato de trabajo y están empadronados antes de agosto. Todos, regulares y irregulares, forman un colectivo que se ha hecho imprescindible: cuidan enfermos, son mensajeros, camareros, levantan edificios... Sin ellos, la capital no funcionaría. Lo que sigue es un intento de reconstruir una hipotética jornada de caos. La de un día laborable sin inmigrantes:

- Tres de la mañana. Alarma en Mercamadrid. La fruta llega de todo el mundo a esta megadespensa del tamaño de una ciudad, pero hoy no hay suficientes brazos para bajarla de los camiones y apilarla en los puestos. Tampoco para servirla a su vez a las furgonetas de las fruterías, de los supermercados o de las contratas de los colegios que se encargan, ya de amanecida, de repartirla y ponerla al alcance de los compradores. De 1.800 hombres cuyo trabajo es cargar fruta en Mercamadrid, a razón de 1.000 euros al mes, falta casi la mitad. Todos inmigrantes. Algo parecido, aunque de menor gravedad, ocurre en el hangar del pescado, donde, por cierto, la semana pasada, a causa del frío, tuvieron que sumergir el marisco en cubetas de agua porque se helaba al aire de la nave. Hoy faltan más de 150 hombres: de Europa del este, de África, de Latinoamérica. Adam Dziaduch, polaco de 41 años, es uno de los más veteranos y de los más fuertes. Viste ropas de escalador para soportar el frío y cubre su cabeza rapada con una gorra de béisbol de lana. Lleva más de 10 años estibando pescado.

- Siete de la mañana. Un barrio entero con basura. Mientras en Mercamadrid cunde la alarma, los residentes de un barrio de Chamberí encuentran basura en los portales. La empresa en la que trabaja Somalia Pujals, de Santo Domingo, no ha podido funcionar: el 100% de su plantilla, sus 40 trabajadores son dominicanos y marroquíes. Se encargan de sacar los cubos de basura, de limpiar los portales. "Yo sola me hago 12 al día", comenta Pujals, que tiene 31 años y lleva cinco en España. Por toda la región hay oficinas llenas de basura, vestíbulos sucios, empresas, ambulatorios, clases de universidad cuajadas de desperdicios... Sólo en la Comunidad de Madrid hay más de 38.000 trabajadores inmigrantes con papeles que se ocupan de limpiar.

- Ocho de la mañana. La construcción se paraliza. El colapso se extiende. La construcción se paraliza. Se ha volatilizado un ejército de 50.000 personas (más de 100.000 si se cuentan los irregulares), todos inmigrantes, que mantienen vivo este sector. No hay entre ellos arquitectos, ni casi oficiales de segunda, ni encargados. Son peones. El 90% de todos los peones que trabajan en la región son inmigrantes, según Comisiones Obreras. Cargan escombros, limpian el terreno, acarrean materiales o vallan los perímetros. Es una tarea sencilla, pero dura. E importante. Sin ellos no avanzan las obras. El martes pasado, en un polígono industrial de Coslada, 30 trabajadores tomaban el bocadillo: Cola-cao, platos de carne, frijoles... Todos son ecuatorianos y marroquíes. Todos cobran 840 euros al mes. Empiezan a las ocho. Acaban a las seis. "Yo era mecánico de aviación en Ecuador. Y no renuncio a volver a serlo", aseguraba, mientras comía, Marcos Jaramillo, de 39 años. Desde los 33 es peón en España. "Las empresas sólo quieren peones", se queja Johnny Molla, de 28 años. Desde los 23 está en España. A su lado, un veterano sindicalista de CC OO, Matías Martínez, intentaba convencerles para que crearan un comité de empresa: "Es como volver a los años setenta".

- Diez de la mañana. La marea alcanza a los despachos. A esas alturas, la alarma ya ha llegado a los más importantes despachos de la ciudad. Porque sin inmigrantes, no sólo se paraliza la construcción de viviendas. También se quedan sin manos, entre otras, la reforma del Estadio Olímpico (piedra angular del 2012), la ampliación del metro (promesa de la presidenta regional, Esperanza Aguirre) o el enterramiento y mejora de parte de la M-30 (proyecto estrella del alcalde, Alberto Ruiz-Gallardón). En uno de los tramos de esta última, en la plaza del Conde de Casal, trabajaba el miércoles un batallón de nigerianos y guineanos especializados en trenzar estructuras de hierro para que sujeten el hormigón. Y cerca de ellos, cuatro bolivianos y cuatro ecuatorianos se ocupaban de soldar estructuras metálicas. Uno de ellos, Abel Montesinos, de 38 años, confirma: "Aquí no hay españoles. Será por el sueldo. Y al que pide alza en la paga, igual lo ponen en la calle". Toda su familia está aquí. Su mujer cuida niños. Su cuñada, enfermos.

- Mediodía. No llegan los recados. Para aumentar el caos, hay documentos que se remiten y no llegan, paquetes que no alcanzan su destino. Los inmigrantes también copan el sector de la mensajería. Sobre todo los que se desplazan en ciclomotor (los que tienen furgonetas son españoles). En la empresa MRW, en su sucursal de Sáinz de Baranda, por ejemplo, de 125 trabajadores, 12 son inmigrantes. Cada uno de ellos hace 30 viajes al día. No es raro que tengan que transportar de urgencia material quirúrgico a hospitales o piezas dentales a dentistas que las precisan en ese momento. Hoy todo tiene que esperar.

- Tres de la tarde. No se come. En cada establecimiento de la cadena Vips trabajan de media 15 cocineros por turno. Sólo tres son españoles. Los restaurantes, hoteles y cafeterías de Madrid se han quedado sin personal. Unos 30.000 inmigrantes con papeles trabajan en ellos en Madrid. María del Carmen, dominicana de 30 años, se encarga de hacer paellas, junto con otros cuatro compatriotas, en una arrocería del centro. "Habría camareros para servir, pero ¿quién iba a hacer la comida si faltásemos?", se pregunta.

- Cinco de la tarde. ¿Quién recoge a los niños? Y sin embargo, la comida puede esperar. Hay cuestiones más importantes que atender. A lo largo de la jornada, 28.000 empleadas del hogar con permiso de trabajo (UGT calcula que con las irregulares llegan a 100.000) no se han presentado. Esto se traduce en 100.000 problemas multiplicándose exponencialmente. Basta fijarse en un caso: Adelaida Vargas, de Bolivia, de 32 años, llega a las nueve menos cuarto a una vivienda del barrio del Retiro. Allí se ocupa del más pequeño, Ignacio, de seis meses, mientras el padre lleva al colegio a los dos mayores (de tres y dos años). Gracias a que Adelaida se queda con el más pequeño y va a buscar a los otros dos al colegio a las 17.00, el padre puede trabajar en una central telefónica y la madre, en una compañía de seguros. Hoy, como Adelaida no está, alguno (o los dos), habrá faltado al trabajo, con lo que su tarea habrá quedado sin hacer..., y así hasta el infinito.

- Medianoche. Los sueños tranquilos. La pesadilla termina. Pronto se levantarán los de Mercamadrid. Existen. Las decenas de miles de inmigrantes que cuidan enfermos por la noche, como la cuñada del soldador Abel Montesinos, también existen y van a ir a trabajar. Como existe Elisabeth Aguilera, boliviana de 28 años. Ella se encargará de vigilar el sueño y de comprobar que no tiene fiebre por la noche la anciana de 82 años con la que vive.