miércoles, 21 de julio de 2010

Mediación aplicada a contextos arqueológicos


Representación de la diosa Isthar, adorada en Babilonia.


Como lo prometido es deuda, de tanto en tanto nos tomaremos el tema de los conflictos y la mediación con un poco de humor y con la pretensión de haceos pasar un buen momento con un post que se saldrá un tanto de la linea que nos hemos marcado.
Este texto humorístico nos sirve muy bien para darnos cuenta de que los seres humanos y las sociedades vivimos en un contexto que se llama cultura y que si no somos capaces de interpretar lo que significan las costumbres y los comportamientos en ese campo cultural no vamos ha entender mucho de lo que sucede.
Se trata de una historia encuadrada en un marco bastante arqueológico que nos es muy lejano tanto en el tiempo como en el espacio pero de la que tenemos fuentes epigráficas, literarias y arqueológicas lo suficientemente buenas para reconstruir e interpretar con cierta seguridad. El autor del texto el periodista José Hermida ha hecho un buen trabajo de reconstrucción arqueológica literaria con un sentido del humor bastante nuestro, pero que es común a la mayoria de las culturas con las que convivimos en nuestros tiempos por lo que suponemos que todos lo encontrareis divertido sin muchos problemas.
En el contexto más serio que nos ocupa, la mediación y la interpretación intercultural, cabe remarcar la importancia de la buena fe en los acuerdos. No es posible la mediación sin una cierta dosis de proceder recto y comprender las necesidades de los demás y la justicia que necesitan.
Este es el texto que es ofrecemos del que no haremos más preámbulos y esperamos que os guste:


Escándalo en Babilonia

En Babilonia se tenía por costumbre que para tomar una controvertida decisión, debíanse reunir los disputadores y llegar a un acuerdo, tras lo cual, convenía que todos se embriagasen cuanto resultase sufrible a cada cual; una vez entregados a la perniciosa bebida, discutían de nuevo el asunto, y si la decisión tomada en la embriaguez resultaba ser la misma que en la abstinencia, se reputaba por buena la solución alcanzada.
Si bien es cierto que cada nación adorna y extiende tanto sus costumbres cuantos más valederos recursos y utilidad en ellas encuentra, no menos sucede que en la rutina se esconde la irreflexión, y en ésta el error, y aquí, en fin, la ruina. Este nocivo proceso fue sufrido por un próspero panadero llamado Nasur, cuya historia deberéis conocer para provecho de vuestras almas y protección de vuestros bienes.
Nasur era el mejor panadero de Babilonia. Se tenía su fama por de alto grado y merecida, pues que Nasur no sólo se entregaba a la de por sí dura tarea del obrador, sino que, yendo personalmente a los molinos del Eúfrates, apartaba la harina del trigo de escanda y no la compraba, por no querer ver en sus panes ni pizca de cascabillo; antes bien cernía incansablemente, y se preciaba de que ni un cabello habría de pasar por las mallas del cedazo. Así cocía su reconocido pan de hallulla, que era el único que marcaba con la artera, en tanto que la harina que no pasaba por la malla quedaba reservada para cocer codornos y marraquetas de las que suelen regalarse a los niños en el domingo de la Resurrección de la diosa Istar, al cabo de la Semana Santa, cuando el pueblo, provisto de laureles y palmas, sale en piadosa procesión.
Debe saberse aquí que la esposa del tahonero era joven, hermosa, fiel, complaciente, trabajadora y agradecida; se llamada Adlila y la naturaleza la había adornado con hermoso talle y lindos ojos color de miel. Ningún panadero de Babilonia pudiese haber deseado más; pero éste no era el caso de Nasur, como se verá.
Un día se presentó en el obrador de Nasur nada menos que el intendente real:
-Tú, panadero Nasur, hijo de siervos, mas empero voluntarioso -comenzó a decir el intendente- entérate de que dentro de doce días llegará el cortejo del embajador de los partos, formado por doce docenas de personas. Entérate también de que el obrador de palacio es insuficiente para proveerles de buen pan. Entérate de que el rey declarará cuatro días de fiestas debido a tan egregia visita y que por lo tanto se hará ofrenda de panes en el templo de Istar. Entérate, en fin, de que se te ordena que suministres a palacio 1.440 panes diarios durante cuatro días a partir de la fecha indicada, por lo que se te pagará un cuarto de dárico la gruesa. Que tengas un buen día.
Una vez se hubo ido el intendente, Nasur, quien se tenía por ducho en el arte de las cuentas, se puso a hacer números. Extendió la palma de la mano derecha, que los babilonios utilizan a modo de ábaco, y valiéndose del pulgar a modo de puntero, empezó a contarse las falanges de los dedos (que son doce en total, y por eso los babilonios no cuentan en decenas, veintenas o cuarentenas, como los demás hombres, sino por docenas y gruesas). Si le pagaban un cuarto de dárico por cada gruesa de panes, es decir, ciento cuarenta y cuatro, significaba que en cuatro días ganaría... ¡10 dáricos! Mas, acto seguido, se dio cuenta de que no podría satisfacer el encargo, porque para hacer 1.440 panes diarios, no sólo deberían trabajar día y noche él y toda su familia, sino que además se necesitaría un segundo horno.
-No está todo perdido -dijo para sí- pues faltan doce días. ¿Acaso en once no podría construir un nuevo horno, dos nuevas artesas y un gran hintero para amasar el pan? Habiendo tomado la decisión, fue a visitar a un vecino que era maestro albañil, quien por ser pobre y muy necesitado de trabajo, podría someterse --pensaba Nasur-- a ominosas condiciones contractuales:
-Necesito que reúnas inmediatamente a una cuadrilla de albañiles y carpinteros, porque en el plazo de tres días he de tener listo un nuevo obrador.
Mintió Nasur con esto, pues ocultaba que el plazo disponible para la obra era de once días, y no de tres; pretendía así, aconsejado por la prudencia, curarse en salud ante posibles imprevistos y beneficiarse cuanto antes del nuevo obrador.
-Yo puedo hacerlo, pero tendrás que pagarme tres dáricos por el trabajo porque debo reunir a nueve obreros.
-¡Tres dáricos! ¡Pero si eso es lo que me va a pagar el intendente real! -mintió de nuevo Nasur- ¿dónde queda mi ganancia?.
-¿Y qué? -replicó el maestro albañil- ¿acaso no te vas a quedar con lo construido? A partir de ahora podrás ganar mucho más dinero con tu nuevo obrador.
-No, no y no. Sólo te pagaría, y como mucho, un único dárico.
Debatieron, negociaron, se crisparon; cada uno declaró cien veces que las condiciones del otro eran inaceptables, y finalmente fijaron el precio de la obra en dos dáricos, más un pan diario para cada operario, es decir, nueve panes por día, que serían panes de acemite de libra y media cada uno. Así se acordó y así empezó a hacerse, pues aquella misma noche comenzaron los trabajos a la luz de las antorchas.
A las doce horas de faena, y ya bien entrado el día siguiente, los obreros reclamaron su pan prometido, pero héte aquí que en lugar de nueve obreros había diez.
-¿Qué es esto? -protestó Nasur ante el maestro albañil- ¿pues no me dijiste que eran nueve hombres y ahora resulta que son diez?.
Contratista y contratante se enzarzaron de nuevo en una discusión. El uno argüía que sin el décimo hombre no se podría rematar la obra en la fecha prevista, el otro replicaba que aquello no era lo acordado, ante lo que el primero aducía que ya empezaba a estar harto y que con aquel trabajo perdía dinero, mientras que Nasur proclamaba que estaba dispuesto a abandonar el proyecto y echarlos a todos a la calle (aunque no era cierto, pues precisaba ver terminado el trabajo, pero la vanidad le tentaba hacia aquella actitud).
Estando así las cosas, uno de los obreros rogó un momento de atención a los contendientes y explicó:
-Señores, por nosotros que no queden las cosas en este punto. Somos unos humildes operarios y no siempre tenemos trabajo. Hénos aquí ahora con la oportunidad de llevar un pan a casa, cada día, durante tres días. No discutan más, señores, que nosotros nos contentamos con nueve panes diarios repartidos entre diez hombres, ¡pero no suspendan el trabajo, por el amor de la diosa!
Este portavoz de los obreros era llamado Iliás, porque decíase que provenía de las tierras del septentrión y que había aprendido el oficio entre los maestros egipcios. Tenía reputación de hombre discreto, pese a su condición extranjera; era de bello aspecto por su lindo cuerpo y rubia cabellera, que le confería un aire de extravagante nobleza.
Parecióles razonable al panadero y al maestro albañil la propuesta de Iliás, de modo que Nasur llamó aparte a la hermosa Adlila, su mujer y le dijo:
-Saca nueve panes, que los voy a repartir entre los obreros. ¡Buen negocio hago, mujer! Tendré en tres días lo que pensaba conseguir en once, y a un precio ínfimo, ya que por esta obra podían haberme cobrado el doble y aun el triple!
Mas héte aquí que Iliás oyó lo que Nasur decía, pues en ese momento se llegaba del pozo con dos calabacinos de agua para la argamasa, y tuvo inmediatamente al panadero por aprovechado, mentiroso y hombre de poca ley. Informó sobre este asunto a sus compañeros, quienes delegaron en él las decisiones que hubieren de tomarse al respecto, pues confiaban en su prudencia.
Vuelto a la obra con los nueve panes, Nasur sacó un belduque para partirlos y dijo:
-Bien. Os tocan nueve décimos de pan a cada uno, puesto que son nueve panes a repartir entre diez hombres. Tomad entonces.
Ya iba a partir el primer pan en dos partes, una de un décimo y otra de nueve décimos, cuando el astuto Iliás detuvo al panadero con estas palabras:
-No haga tal cosa, señor.
-¿Cómo que no? ¿Qué pasa ahora?
-Señor -explicó el obrero- si se parte así el pan, nueve de nosotros se llevarán nueve décimos de pan cada uno, pero en una pieza entera, mientras que el décimo hombre se llevará nueve décimos en nueve piezas. Eso no es justo señor, y debe debatirse, pues aun necesitando como necesitamos el trabajo para procurarnos el sustento, nada hay más odioso que la injusticia, situación que no toleran ni los babilonios ni los extranjeros de bien, sea cual fuere el linaje de cada cual. Debe hacerse otro reparto más equitativo, pues en otro caso, no seguiremos trabajando.
Habló así Iliás, sabedor de la mala fe del panadero, de su oculto negocio y de la prisa que llevaba. Nasur se inquietó. En su prepotencia, no había contado con un inconveniente así.
-¿Cómo habría de hacerse según tú, lindo obrero?
-Señor -respondió Iliás- es costumbre de la ínclita Babilonia discutir los negocios en la abstinencia, y luego, en la embriaguez, verificar si el concierto hallado era el debido. No de otro modo debería resolverse este asunto. No condenaremos a un hombre a percibir nueve menudos fragmentos de pan, mientras que los demás se llevan casi un pan entero, pues no es lo mismo.
Un murmullo de aprobación surgió entre los obreros al escuchar las resolutas palabras de Iliás; éste conocía bien la solución al problema, puesto que lo había aprendido en el Egipto, patria de ingeniosos geómetras, donde el problema de las fracciones con resultado menor de la unidad se enseñaba a los niños pequeños, siendo éstos capaces de resolver con gran soltura éste y otros enigmas de la ciencia numérica. Así pues, explicó Iliás:
-Señores, ésta es mi propuesta: de los diez hombres, perciban siete de ellos, cada uno, dos tercios de pan, un quinto de pan y un trigésimo de pan; perciban los tres hombres restantes dos fragmentos de un tercio de pan cada fragmento, un quinto de pan y un trigésimo de pan, pues no hay partición más justa y equilibrada.
Tembló Nasur. Tamaños cálculos excedían con mucho su capacidad para el cálculo, pues los babilonios, pese a disponer de un original sistema para determinar las medidas de las constelaciones, son incapaces de comprender las cosas menudas y sencillas; por eso dice el proverbio: "el sabio dominará las estrellas, pero se consternará al contar los latidos de su corazón".
Nasur trató de discutir la solución aportada por Iliás. Dibujó una y otra vez panes y hombres en la harina extendida sobre el hintero, y al cabo, no hallando mejor solución que la propuesta, no le cupo sino admitir que había llegado la hora de la embriaguez. Confiaba torpemente el panadero en confundir a su calculador enemigo en esa hora, y no le faltaba odio hacia él, pues veía tanto más amenazado su prestigio cuanto más ínfima era la categoría de su oponente.
Mandó Nasur a la bella Adlila que trajese vino de palma y libaron los hombres, sentados en el enharinado suelo del obrador. Mas el panadero, confundido su magín por las prisas a las que le llevaba el negocio, bebió sin guardar el compás con los otros hombres y turbóse al punto. La bella Adlila servía el vino de palma, inclinada en aquel instante a fin de atender el vaso de Iliás, quien en ese momento trazaba escabroso dibujo sobre los restos de harina del suelo; lo vio la hermosa mujer y contuvo la pícara risa que quería salirle del pecho; advirtió este extremo Iliás y, con el dedo retestinado por el blanco polvo, trazó una línea sobre el pecho de la escanciadora, fingió ésta enfado e hizo divertido mohín de reproche, mas con apenas finta de rechazo, con lo que derramado el vino sobre el descamisado pecho de Iliás, cruzáronse entrambas miradas y seguidamente las posaron en el panadero, quién no daba muestras de vida, pese a tener los ojos abiertos. Entendieron todos o casi todos; la bella inclinóse y lamió el vino del bello pecho de Iliás; comprendieron todos esta vez, excepto el aturdido panadero; alzóse Iliás y con él Adlila; abrazóla el albañil con venéreo afecto que la bella no repudió, tendióla en el hintero, desnudóse y desnudóla, cernió sobre ella harina, el maestro albañil hisopeola con el vino de palma y todos los obreros comenzaron a amasar a la bella, quien gemía de gozo cimbreándose como nadadora culebra.
-¡Adlila! -gritó el obnubilado Nasur- ¿qué haces, esposa mía?
-¡Intento convencer a estos hombres para el buen fin y la prosperidad de tu negocio, esposo mío!
-¡Ah! ¡Que me place! -declaró el ciervo- ¡sirve entonces más vino, mujer!
-¡Sírvelo tú! -contestó ella -yo seguiré en lo mío, pues tengo casi convencidos a éstos!
Una vez hubo pronunciado estas palabras, y acaso por virtud de secreta caricia, Adlila profirió un rugido que casi hizo temblar al obrador, pues como la leona que entra en el corral y regurgita temible sonido para aterrorizar al indefenso ternero, así la mujer del panadero bramaba presa de confusos gozos, a los que se sumaban los de los obreros, siendo todo griterío, rebullicio, zarabanda y tararira como jamás se vio en casa alguna.
Iba cayendo la tarde. La casa del panadero se encontraba en el centro de la ciudad, y por tanto considerablemente alejada de la Puerta del Sol, ante la que se encontraban los embarcaderos de los comerciantes. Hacia aquellas horas era cuando llegaban las barcas de los pescadores, labradores, ganaderos y peleteros que cuales escudos flotantes de piel, fresno y brea, arribaban a los puertos, temerosos de la noche. El enjambre de hombres, mujeres, animales y niños engendraba, como es de su natural, una barahúnda de gritos, órdenes, juramentos y balidos, que se podían escuchar desde cualquier parte de la ciudad. Pues bien, el clamor que desde la tahona de Nasur provenía, sobreponíase al de los embarcaderos, y tanto, que fueron llamados a escándalo los vecinos del panadero, más luego los serenos que a la sazón prendían las farolas del alumbrado público, más por último los guardias bastoneros, con lo que dieron obreros, contratista, panadero y mujer, entre las rejas de la sagena que el pueblo llamaba con ironía La Silenciosa, por ser infeliz destino de alborotadores, beodos y locos.
Al día siguiente celebrose juicio común sobre los prisioneros, porque común había sido tanto la fuente del delito como la ejecución del mismo. Y es por ello, caro lector, que por cumplir la promesa que en un principio te hice, a saber, que esta historia debería servirte para provecho de tu alma y protección de tus bienes, inserto en este punto la sabia sentencia judicial con la que concluyó el asunto:
"Probados y tenidos por ciertos los hechos que motivaron la presente vista, y razonando que no es falta la astucia ni la embriaguez, pero sí el uso de las sagradas costumbres para propósito distinto del convenido, condeno al llamado Iliás, de profesión albañil, al maestro de obras y al resto de los obreros, a levantar el obrador preciso sin contraprestación alguna, salvo un pan entero de acemite a cada uno, pues no han de penar las mujeres e hijos por la mala cabeza de sus maridos.
Probados y tenidos por ciertos los hechos que motivaron la presente vista, y razonando que si ley distinta rige en los miembros que en el espíritu, debe aplicarse el castigo conforme a la ley vencedora, condeno a la llamada Adlila a servir de prostituta sagrada en el templo de Istar dieciséis días al mes, durante doce meses, sin contraprestación alguna, pues si las inexpertas jóvenes babilonias, conforme a los usos y costumbres de nuestra patria, así lo hacen para congraciarse con la diosa antes de casarse, no poco provecho obtendrán los devotos gracias a la impudencia de esta atolondrada mujer.
Probados y tenidos por ciertos los hechos que motivaron la presente vista, y razonando que la habilidad en los negocios no requiere de falsedad, ni en los términos en que se exponen ni en las condiciones en que se resuelven, condeno al llamado Nasur, de profesión panadero, a suministrar los panes prometidos a palacio, en las fechas y período requeridos, sin contraprestación alguna por parte de la Real Intendencia, por cuanto mintió a los obreros, siendo éstos el sustento primero de nuestra patria y nuestra religión; de nuestra patria, porque de sus obras y productos se nutre nuestro glorioso ejército para sujetar las fronteras y aun expandirlas; de nuestra religión, porque de nada aprovecharía a los dioses así la ausencia de devotos como la carencia de templos edificados. Por último, sea confiscado el obrador al término del excepcional encargo realizado por el Intendente Real y derrúyase luego sin que quede ladrillo sobre ladrillo, allánese todo, siémbrese de sal y colóquese una tabla visible a la vista de todos en la que pueda leerse: "si en tu negocio mientes un día, la mentira te aprovechará dos; mas si mientes siempre, perderás todo provecho".

Cúmplase".

José Hermida, España © 1997


José Hermida es periodista y escritor. Hasta el momento ha publicado cuatro ensayos sobre temas económicos y un libro de viajes. Durante los últimos 25 años ha vivido en Madrid, pero desde hace nueve meses se ha trasladado a un pequeño pueblo de sesenta habitantes donde, gracias a Internet, puede seguir desempeñando su trabajo como articulista y asesor de dos publicaciones económicas españolas, a la vez que dispone de más tiempo para escribir narrativa.
El cuento que aquí se presenta forma parte de una serie de cuatro narraciones, cada una de las cuales se presenta en un lenguaje distinto, como resultado de la búsqueda de pertinencia entre el tema y la forma de expresión.
Lo que el autor nos dijo sobre el cuento:
"Escándalo en Babilonia" está basado en dos anécdotas referidas por Herodoto en sus "Historias": el curioso sistema utilizado por los babilonios para tomar decisiones correctas y la extravagante costumbre de la prostitución sagrada. Ambos usos resultan desconcertantes si tenemos en cuenta que el puritanismo religioso de los babilonios, basado en el examen de conciencia, era muy estricto. Esa disfuncion social y moral resultaba muy interesante como propuesta, en la medida en que nos remite de forma singular al comportamiento de amplios sectores de nuestra sociedad occidental. El lenguaje utilizado para la narración remeda los textos didácticos característicos de finales del siglo XVIII y que habiéndose extendido hasta finales del siglo XIX, constituían un tipo de literatura que hoy se encuentra totalmente en desuso, pero que convenía al contexto del cuento. El entretenimiento matemático que figura en esta narración es ciertamente de origen egipcio y tiene una antigüedad de 3.000 años. Las descripciones de los muelles de la Puerta del Sol, los plazos de entrega de los panes y las piadosas procesiones de Semana Santa se deben a la febril imaginación del autor, toda vez que están basadas en informaciones arqueológicas y en pasajeras observaciones del mismo Herodoto.