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lunes, 2 de noviembre de 2020

Las españolas afrodescendientes hablan sobre identidad y empoderamiento

 

Odome Angone (Coordinadora) 
 
Las españolas afrodescendientes hablan sobre identidad y empoderamiento 
 
Editorial VERBUM (2018)

 

 

miércoles, 28 de octubre de 2020

Cuando África descubrió España

 Los contactos medievales y renacentistas entre reinos africanos y europeos fueron en gran parte de igual a igual. Algunos de sus embajadores llegaron a la Península Ibérica

Fresco en el Palacio del Quirinal (Roma) representando las embajadas congoleña y japonesa, 1616-1617.

 

A menudo se tiene la imagen de que África ha estado siempre de algún modo subordinada a Europa. De que la relación entre europeos y africanos siempre ha sido desigual, ya sea a través de colonialismo explotador, el paternalismo condescendiente o el racismo que impregna a ambos. Esto no podría ser más falso: los contactos medievales y renacentistas entre reinos africanos y españoles fueron en gran parte de igual a igual. 
 
Los reinos africanos no solo no estaban aislados del resto del mundo sino que lo exploraron activamente, en busca de información, comercio y alianzas políticas. Y nuestro país fue uno de los destinos más importantes de estas misiones. Esta es la historia de cómo los africanos descubrieron la Península Ibérica. 
 
El primer reino africano en enviar una misión diplomática a Europa fue Etiopía. En torno a 1306, el emperador etíope Wedem Ar’ad envía una delegación de 30 personas con el objetivo de formar una alianza contra los musulmanes que amenazaban su reino. La primera parada es nuestro país, donde se entrevistan con ‘el rey de las Españas’ (no sabemos cuál) antes de proseguir hasta Avignon para entrevistarse con el Papa. Tras esta primera tentativa, las relaciones se fueron intensificando gradualmente y en 1427 llega a Valencia una nueva delegación etíope, encabezada por el mercader persa Nur-al-Din Al Tabrizi, con una carta del emperador Yeshaq para Alfonso V, rey de Aragón. 
 
En la carta Yeshaq le propone una alianza entre ambos reinos, a la que Alfonso V accede gustoso y que decide sellar mediante un doble matrimonio de su hermano Pedro con una princesa etíope y de su sobrina Doña Juana con el propio Yeshaq; le envía también 13 artesanos para decorar su corte. Desgraciadamente, la embajada nunca llega de vuelta a Etiopía: todos los artesanos mueren de camino, y con ellos los planes de boda. A pesar de este tropiezo, las relaciones entre Aragón y Etiopía continuaron: en sus cartas Alfonso V se dirige al ‘emperador etíope, nuestro querido amigo y hermano’ y en 1450 una delegación etíope es enviada a Nápoles para asistir a su entrada triunfal en la ciudad. 
 
 
Retrato del embajador de Allada, en el actual Benín, en la corte de Luis XIV.
 
Además de las delegaciones oficiales, muchos etíopes decidieron explorar Europa por su cuenta. Fue el caso del erudito Yohạnnǝs (1509–65) que habiendo llegado a Roma con su padre, decidió emprender el Camino de Santiago. Tras caminar los 2.200 kilómetros que separan las dos ciudades, prosiguió hasta Lisboa, donde se embarcó para Goa. Aunque fueron muchos los etíopes que emprendieron viajes de estudios parecidos (tantos que el Papa Sixto VI creó Santo Stefano degli Abissini en 1479 para alojarlos) pocos de ellos tuvieron una vida tan ajetreada como Yohạnnǝs, que no solo viajó por el mundo, sino que a su retorno a Roma jugó un papel importante en la Contrarreforma y acabó su vida como obispo de Chipre. 
 
Aunque los etíopes fueron los primeros en visitar la Península ibérica, no fueron los únicos. En 1602, un personaje causó gran revuelo en las cortes europeas: el primer embajador del Reino de Kongo (en la actual Angola, DRC y Republica del Congo) al Vaticano, Nsaku ne Vunda. Ne Vunda (rebautizado en Italia como Antonio Emmanuele da Funta) era conocido por su erudición y sus dotes como orador y diplomático, hablaba portugués y castellano, y era gran conocedor de la política europea. Su viaje no fue fácil: desde Kongo se embarcó hasta Brasil y desde allí para Lisboa; por el camino fue atacado tres veces por piratas holandeses que le robaron en cada ocasión todo lo que tenía. Tras un breve paso por la corte de Felipe IV en Madrid, el 2 de enero de 1608 (seis años después de su salida) entra finalmente en Roma gravemente enfermo y con solo cuatro de sus 25 acompañantes iniciales. Muere tres días más tarde, tras haber recibido la visita del Papa Pablo V, y es enterrado con grandes honores en la basílica de Santa María Maggiore. 
 
 No obstante, su historia no acaba aquí: durante su estancia en Madrid, Ne Vunda había dejado un cofre cerrado en el Convento de la Merced (situado en lo que es ahora la Plaza Tirso de Molina), en el que se había alojado. Tras un considerable ir y venir de cartas entre Madrid y el Vaticano, quedó claro que el embajador no había dejado hecho testamento y Felipe IV dio orden de abrir el cofre a la fuerza. Dentro encontraron una serie de cartas y unos platos de Talavera, que fueron donados al Convento. Desgraciadamente, jamás sabremos qué decían las cartas ni porqué tenía el embajador congolés afición a la cerámica de Talavera porque el Convento de la Merced fue saqueado por las tropas napoleónicas en 1809 y demolido unas décadas más tarde. 
 
 
Etiopía, Allada y Kongo son solo tres ejemplos de antiguos reinos africanos que mostraron interés en la Península Ibérica enviando sus embajadores.
 
 
Otro reino africano que se interesó por la península ibérica fue Allada o Arda, en el actual Benín. En 1657, su rey Tojonu envia un embajador llamado Bans a la corte de Felipe IV. La misión de Bans —que es inmediatamente bautizado como Don Felipe Zapata— incluye, entre otras cuestiones, conseguir misioneros católicos para Allada. Se vuelve pues Bans unos meses más tarde a Allada con una delegación de capuchinos castellanos decididos a evangelizar a todo el reino. 
 
Desgraciadamente para ellos, se encuentran con considerables reticencias, tanto por parte de Tojonu como de sus súbditos. Tras un año de evangelización frustrada, el rey los hace llamar y les explica que agradece mucho el gesto de su hermano el Rey de España, pero que su solicitud de misioneros no era para cambiar de vida y religión, sino porque tenía un problema grave de muertes por rayo en Allada, y había oído decir que los sacerdotes católicos tenían mano en la gestión de rayos y centellas. Concluye diciendo que les estaría muy agradecido si pudieran solucionar el problema metereológico, pero que de no ser así, preferiría que se fueran de vuelta, que tanta evangelización empezaba ya a hacérseles pesada. 
 
Etiopía, Allada y Kongo son solo tres ejemplos de reinos africanos que mostraron interés en la Península, pero la lista completa es mucho más larga: desde la correspondencia de la Reina Njinga de Angola (de la que hablamos en este otro artículo) con la corte portuguesa, al viaje del heredero del Reino Wolof (Senegal) a Lisboa en 1489. Desgraciadamente, esta larga historia de diplomacia y exploración fue reescrita, cuando no borrada directamente, siglos más tarde para justificar el proyecto colonial, que negó a los africanos su historia porque así era mucho más fácil justificar su supuesta misión civilizadora y la explotación de sus habitantes y sus recursos. 
 
Ahora que gracias a movimientos como Black Lives Matter se está por fin poniendo sobre la mesa la necesidad de visibilizar el papel que la esclavitud jugó en la constitución de muchos estados y ciudades europeos, es importante no olvidar que esa justicia histórica pasa también por recuperar la historia invisibilizada de exploración y diplomacia africana. 
 
Para saber más: desgraciadamente no existe ningún libro que cubra los viajes de africanos a la Península Ibérica específicamente, pero dos buenas introducciones a la cuestión en su escala europea son Africa’s Discovery of Europe, de David Northup, y el volumen editado Black Africans in Renaissance Europe.

 

Publicado en: África no es un país 

Autor: Sirio Canós Donnay es Investigadora Marie Curie. Instituto de Ciencias del Patrimonio (Incipit) Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)

 

 

miércoles, 14 de octubre de 2020

La historia de España también es negra


Recreación de esclava africana en España. "¿Habría ESCLAVITUD en un palacio del siglo XVI en plena Castilla?" Se lo preguntan en la cuenta de Twitter de @par_virtual un interesante proyecto sobre arqueología y reconstrución en www.parpatrimonio.com  
 
El movimiento Black Lives Matter ha llegado a Europa para denunciar el racismo actual y la necesidad de decolonizar las narrativas históricas. Muchos países debaten ya sobre la necesidad de visibilizar el papel histórico de los afro-europeos. Pero en España parece como si esto no fuera con nosotros

 

En los últimos meses la ola desatada en EEUU por el asesinato de George Floyd y el movimiento Black Lives Matter ha llegado a Europa, trayendo consigo tanto la denuncia del racismo actual como la necesidad de decolonizar las narrativas históricas. Muchos países de nuestro entorno han respondido abriendo importantes debates sobre la necesidad de visibilizar el papel histórico de los afro-europeos y de su contribución a nuestras sociedades. En España, no obstante, parece como si esto no fuera con nosotros: como si la presencia de personas negras aquí fuera un fenómeno reciente y cualquier presencia anterior una cuestión meramente anecdótica. 
 
Las pocas iniciativas que ha habido para visibilizar la importancia histórica de africanos y afro-descendientes (como esta de PAR Arqueología Virtual, ver imagen arriba) se han encontrado con el silencio institucional y violentos ataques por parte de los sectores más reaccionarios. Y sin embargo, nuestra historia es inseparable de la de los miles de africanos y afro-españoles que forman parte de ella. 
 
En primer lugar, y aunque sea obvio, es conveniente recordar que los primeros pobladores de la península ibérica fueron africanas y africanos. Sabemos también que tanto cartagineses, como griegos y romanos contaban con personas de origen subsahariano, tanto libres como esclavas, en sus filas. Sabemos que en la edad media la presencia de gente negra, particularmente en las ciudades más comerciales, no era inusual; y que en el s. XII había peregrinos etíopes haciendo el camino de Santiago. 
 
No obstante, es a partir del siglo XV cuando la proporción de africanos en la península ibérica aumenta exponencialmente, al convertirse nuestro país – tristemente– en uno de los principales centros esclavistas de Europa. Aunque no todos los esclavos eran de origen subsahariano (había también moriscos, indios, berberiscos y turcos, entre otros), la proporción de africanos era alta, particularmente en el sur de la península. En Sevilla, por ejemplo, se calcula que a mediados del siglo XVI la población negra suponía un 7.5% del total. 
 
 
Retrato de la monja Chikaba y su confesor, anónimo, s. XVIII.

 
Contrariamente a la esclavitud de plantación de América, en España los esclavos eran empleados principalmente en tareas domésticas, que iban desde mozo de establo hasta asistente de pintor. Los que conseguían comprar su libertad, encontraban trabajo como obreros, herreros, panaderos, labradores, carniceros, taberneros; básicamente cualquier profesión excepto las artesanas, que muchas ciudades les estaban vetadas. La contribución económica de estas decenas de miles de africanos, viviendo y trabajando, mayormente en condiciones intolerables, es por tanto incalculable. Lo es también su legado social y cultural, como demuestra el fabuloso documental Gurumbé: canciones de tu memoria negra, sobre el impacto de los ritmos y melodías del África occidental en el flamenco y otras expresiones musicales de la península. 
 
Bailes y músicos afro-hispanos en Sevilla. Detalle de ‘Carro del Aire’. Máscara de la Fabrica de Tabacos con motivo de la exaltación al trono de Fernando VI. Domingo Martínez (1748-1749).

Hay cierta tendencia cuando hablamos de esclavitud a presentar a las personas esclavizadas como un conjunto indistinguible de victimas que aceptan impotentemente su destino. Nada más lejos de la realidad: desde un principio los afro-hispanos se organizaron para luchar por sus derechos. El principal mecanismo fueron las cofradías negras, como la de la San Benedicto de Parlermo en Granada (1501), la de Sant Jaume en Barcelona (1455), la de Nuestra Señora de los Ángeles en Sevilla (1554), o la Casa del Negres en Valencia (1472). Estas cofradías fueron utilizadas por la comunidad afro-hispánica para defenderse ante las autoridades y sus sedes servían a menudo también como hospicios, alojando y dando asistencia médica a miembros de la comunidad negra de la ciudad. Otra de sus funciones habituales era negociar contratos de manumisión para sus miembros aun esclavizados y recaudar fondos para comprar la libertad del mayor número posible, priorizando aquellos en mayor situación de riesgo. 
 
Es el caso de Ursola, mujer negra esclava en la Valencia del siglo XV, cuya historia ha sido documentado por la doctora Debra Blumenthal. Habiendo llegado a la Casa dels Negres moribunda tras una paliza de su dueño, el cantero Francesch Martínez, los cofrades se movilizaron y gracias a su dominio dels Furs (el código legal valenciano) consiguieron llevar a Martínez a los tribunales y recaudar suficientes fondos para comprar la libertad de Ursola. 
 
Es importante aclarar, no obstante, que la población afro-hispana no se limitaba a esclavos y gente en situaciones precarias. De hecho uno de los primeros afro-hispanos de los que tenemos constancia es Juan de Valladolid, portero de cámara de los Reyes Católicos, conocido como el Conde Negro, que en 1475 fue nombrado Mayoral de los Negros de Sevilla, encargado legal y administrativo de todos los asuntos de la población negra y mulata de la ciudad. 
 
Un contemporáneo suyo, Juan Garrido, que en sus escritos se define como soldado "negro, cristiano y libre", se embarcó con Hernán Cortés y fue posiblemente la primera persona en sembrar trigo en toda América, en su plantación en Mexico-Tenochtitlan. Menos conocida pero fundamental en la sociedad de la época fue la granadina Catalina de Soto, bordadora de ajuares y considerada "primera aguja de España de punto real", a la que era habitual encontrar en las casas más nobles acompañada de sus dos criadas blancas. 
 
Fue también afro-hispana la primera escritora negra europea, la religiosa Sor Teresa Juliana de Santo Domingo (1676-1748), conocida como Chikaba, nacida en Ghana y monja en Salamanca desde los 26 años hasta su fallecimiento. En el apartado de los literatos, merece mención especial Juan Latino (1518-1596), catedrático de Gramática y Lengua Latina en Granada, mencionado por Cervantes en El Quijote y envidiado por Lope de Vega, que aspiraba a ser el "Juan Latino blanco". Finalmente, uno de los pocos cuyo retrato ha llegado a nuestros días es Juan de Pareja (1606-1670), pintado por Velázquez, del que fue esclavo y asistente antes de obtener su libertad y establecerse como pintor independiente en Madrid. 
 
Tanto colectiva como individualmente, los afro-españoles han sido desde hace siglos una parte fundamental de la historia de nuestro país que sigue tristemente sin ser reconocida. Su invisibilización no es casual: ignorar la presencia y contribución cultural, económica y social de africanos y afro-descendientes permite presentar a los afro-españoles y subsaharianos actuales como un fenómeno anómalo y desestabilizador de supuestas esencias patrias, alimentando discursos de rechazo y racismo. La presencia de africanos y afro-descendientes en España no es un fenómeno reciente: son parte fundamental de nuestra historia y cultura, y es hora de que los reconozcamos como tal. 
 
 
Para saber más: existe mucha literatura al respecto, pero la información se encuentra bastante dispersa. El trabajo de la catedrática Aurelia Martín Casares, en particular sus libros Juan Latino: Talento y Destino y Esclavitudes Hispánicas son un excelente punto de partida. En inglés, el Enemies & Familiars de Blumenthal ofrece una visión muy clara de la situación de los afrohispanos en la Valencia del s. XV y Black Africans in Renaissance Europe da una perspectiva a nivel continental.

 

Publicado en: África no es un país