Mostrando entradas con la etiqueta inmigración. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta inmigración. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de febrero de 2021

Inmigración, transnacionalismo y desarrollo : Un repaso de teorías recientes

 

 

València Thinks Global. Imaginamos el futuro 
 
‘Inmigración, transnacionalismo y desarrollo: Un repaso de teorías recientes’ 
 
Alejandro Portes, profesor de Sociología y Derecho, Universidades de Princeton y Miami. Premio Princesa de Asturias 2019 
 
Conversación con: Miguel Ángel García Calavia, director del Departamento de Sociología y Antropología Social UV Ester Alba Pagán, vicerrectora de Cultura y Deporte UV 
 
En ‘Inmigración, transnacionalismo y desarrollo’, el profesor Portes revisará las principales escuelas de pensamiento sobre migración y desarrollo y analizará su impacto en las políticas sobre migraciones profesionales (movimiento de personal técnico y profesionales altamente capacitados) y laborales (flujo de mano de obra manual poco cualificada), además de abordar el concepto de “transnacionalismo”. Asimismo, prestará atención al caso especial de las personas refugiadas y al impacto de las migraciones en el progreso económico y cultural de los países receptores.

domingo, 13 de diciembre de 2020

Política migratoria: la década perdida

La acción pública en materia de migraciones no puede basarse solo en el control de fronteras

 

Una inmigrante marroquí pasea por Talayuela (Cáceres), el pasado viernes.
 
En la última década, apenas se ha hablado de políticas de inmigración. Puede parecer un contrasentido en unos años en los que la inmigración como fenómeno ha copado agendas políticas y debates públicos. Pero se ha avanzado poco, por no decir nada, en el desarrollo de instrumentos que permitan hablar de gestión pública de la movilidad. En los sistemas democráticos, eso significa hablar de derechos (y sí, también deberes), libertades y garantías. 
 
La movilidad con derechos parece fuera del debate de las políticas públicas. Algunas voces abogan por la movilidad sin explicar cómo proteger a las personas de todo tipo de explotación; otras —las más— creen que sus derechos están amenazados por esa movilidad global. 
 
Este constructo no es gratuito: se ha ido conformando paulatinamente en la conjunción de dos tendencias. Una primera basada en el no hacer nada, en no querer hablar de cómo gestionar la inmigración, en no abordar cómo afrontar los miedos (en muchas ocasiones malinterpretados e intencionadamente alimentados) de una parte de la población a quien el mundo le parece que cambia a demasiada velocidad. Esa parece haber sido, en buena parte, la actitud de la socialdemocracia en el Norte a la hora de atender las políticas de inmigración: mejor no hablar del tema para evitar posibles costes electorales. La otra línea ha bebido de fuentes más conservadoras, y se ha hecho fuerte en problematizar y, en ocasiones, criminalizar al diferente. Usando discursos epidérmicos, el lenguaje nativista que confronta a un ellos amenazante frente con un nosotros amenazado ha ido calando en el debate público, en el que tampoco se han puesto sobre la mesa propuestas de cambio realistas y razonables, ajustadas a derecho (y a derechos) para gestionar la migración desde la res pública. 
 
Para no reconocer esta ausencia de debate, basado en premisas anticuadas, se ha vestido la acción pública migratoria básicamente como control de fronteras. Reforzando esta mirada basada en la seguridad que convierte la inmigración en amenaza se intenta hacer política migratoria desde la frontera. Un intento que no puede dejar de ser fallido, porque la frontera es una herramienta que, convertida en un fin en sí misma, se convierte en una distorsión más de la gestión ordenada de los flujos migratorios por la que aboga el Pacto Mundial de Migraciones. Esa disfunción provoca constantes vulneraciones de derechos y se convierte en un negocio sombrío del que se benefician unos pocos bolsillos a costa de muchas vidas. 
 
En la ausencia de políticas migratorias integrales que entiendan la movilidad como un fenómeno global, en la ausencia de una perspectiva nueva que supere arquetipos ya caducos, se mueven muchos proyectos de vida. Y se mueven, cada vez más, muchas vidas truncadas por acciones miopes que las dejan en manos de todo tipo de abusos. Levantar la mirada de la frontera es imprescindible en términos de buena gestión para garantizar, en democracias saludables, la protección de los derechos que hace ya 70 años se constituyeron como inalienables a cualquier ser humano.

 

Autora: Gemma Pinyol-Jiménez es directora de políticas migratorias y diversidad en Instrategies. Investigadora asociada GRITIM-UPF. 

Publicado en: El País

 

 

lunes, 24 de septiembre de 2018

La diáspora china


Barrio chino en Londres. Fuente: Aurelien Guichard.

A pesar de su destacable presencia por el mundo, la diáspora china es una de las más desconocidas y menos integradas en sus países de acogida. No obstante, esta tendencia está experimentando su transformación: el choque cultural entre unos migrantes chinos que hacen un enorme sacrificio para perpetuar sus negocios y una segunda generación en busca de su libertad para vivir mejor que sus padres emerge como un fenómeno generacional irreversible. 


En el verano de 2018, Xia cumplía 22 años y se graduaba en una universidad española. Hija de migrantes chinos que consagraron sus vidas al pequeño negocio hostelero que mantienen, vive entre dos mundos muy diferentes: uno que gira en torno a la frugalidad, el sacrificio del bienestar propio por el bien común de la familia, el respeto y la sumisión a sus mayores, y otro que reivindica su felicidad, la satisfacción de sus deseos y, en definitiva, su derecho a marcar sus propios pasos en el camino que escoja recorrer libremente. 

Nacida en España y llevada a China para ser atendida por sus abuelos, de pequeña desarrolló una especial sensibilidad hacia la política y el porvenir de su madre patria. Pocos años después, sus padres decidieron traerla de vuelta a España. Los primeros años de colegio constituyeron un verdadero castigo; sufría constantes discriminaciones por “tener cara de china” y no saber hablar el castellano. 

Terminó sus estudios de Bachillerato con las mejores calificaciones de su instituto y, con el tiempo, hizo buenas amistades con los españoles de su edad e incluso conoció el amor correspondido por un chico español. Sin embargo, sabía que sus padres querían que se relacionara con amistades chinas y se casara pronto con alguien que compartiera su cultura y sus raíces y pudiera garantizarle una descendencia. Xia tendría que esperar a su plena independencia económica para poder empezar su propio proyecto de vida. 

Las redes de bambú occidentales 

La migración —tanto interna como internacional— no es ningún fenómeno social nuevo en China. A mediados del siglo XIX, algunos chinos procedentes de las provincias del sur comenzaron a emigrar al extranjero, principalmente hacia el sudeste asiático, y durante la II Guerra Mundial el nacionalismo chino de ultramar alcanzó su cénit al sumarse a la causa antinipona de China. 

Tras la proclamación de la República Popular China en 1949, prácticamente se detuvieron las oleadas de migraciones hacia el extranjero, ya que el régimen maoísta era reacio a permitir que sus ciudadanos viajaran a otros países sin una causa plenamente justificada. Mientras tanto, muchos migrantes chinos adoptaron la ciudadanía de sus respectivos países de acogida y dirigieron su lealtad política hacia las naciones en las que residían. Esta situación no cambiaría hasta la década de los 80, cuando Deng Xiaoping comenzó a implantar políticas en busca de la modernización del país. Entonces surgieron paulatinamente nuevas rutas de migración hacia lugares menos explorados hasta la fecha: América del Norte, Oceanía y Europa. Con ello, reaparecía el nacionalismo de ultramar, que buscaba unir a estas comunidades de migrantes en el orgullo y la dignidad de su origen chino y hacer que se preocupasen por el bienestar de China. 

Países del mundo con el mayor número de chinos residentes —en millones—. Aunque los destinos preferidos por los migrantes chinos siguen siendo las naciones del sudeste asiático, se observa una diversificación de los países de acogida en los últimos años. Fuente: Statista


El nacionalismo consiste en una lealtad profunda hacia el Estado nación y un fuerte sentimiento de pertenencia cultural a la patria aun estando fuera de sus fronteras. Algunos de los factores que acentúan la intensidad de este nacionalismo los encontramos en las políticas que está llevando a cabo el Gobierno chino en los últimos años, como la proyección incesante de mensajes que incentivan a los migrantes chinos a volver a su país —dirigidos principalmente hacia los más cualificados con el fin de evitar la fuga de cerebros y fomentar el desarrollo económico interno del país— y la transmisión de las prioridades políticas y culturales de la agenda nacional hacia las comunidades chinas en el exterior. 

A pesar de las numerosas disparidades existentes entre los migrantes chinos según su formación y sus recursos, existe un sentimiento común que los une: todos nacieron y crecieron en China, comparten una misma lengua materna y, además, siguen manteniendo estrechos vínculos con familiares y amistades que se quedaron en China. Para perpetuar estos lazos sociales entre las generaciones venideras, las autoridades chinas han destacado la importancia de transmitir la educación china a la descendencia nacida en el extranjero. 

Siguiendo estas directrices, ha aumentado considerablemente el número de colegios chinos, así como de asociaciones y medios informativos chinos en Occidente que reflejan la ideología y los gustos culturales de estos migrantes. Esta difusión de valores, ideas y principios no solo alimenta el entusiasmo colectivo hacia sus orígenes; también ayuda a profundizar su conocimiento sobre China y las prioridades de su agenda gubernamental, con lo que contribuyen a mantener una comunidad indisoluble de compatriotas. De esta manera, Pekín transporta virtualmente la fortaleza de la madre patria hacia las comunidades transnacionales chinas con un ímpetu destinado a reducir la distancia en términos políticos, geográficos y culturales entre China y sus súbditos en el extranjero. 


Portada del periódico The China Press del día 18 de agosto del 2018 en versión digital. Se trata de uno de los periódicos publicados en chino en Estados Unidos y cada vez más controlado por el Gobierno de Pekín. Fuente: The China Press

Lentamente, los colegios, asociaciones y periódicos chinos se han ido convirtiendo en pilares fundamentales de las comunidades chinas en Occidente y desempeñan un papel clave en el mantenimiento de su identidad en tierras extranjeras. Aunque no exista un movimiento nacionalista unificado en las comunidades chinas de ultramar, los migrantes chinos constituyen un colectivo capital para proyectar una imagen internacional positiva de China y, por ende, para proteger los intereses nacionales y expandir la influencia del gigante asiático por todo el mundo. 

En este contexto cobran importancia los barrios chinos o Chinatowns. Configurados como enclaves geoestratégicos que permiten multiplicar los lazos comerciales y culturales con regiones sobre las que China pretende consolidar su influencia, se han convertido en un instrumento esencial para canalizar el interés chino hacia espacios que tradicionalmente han estado muy lejos de su órbita de proyección. Si bien algunos barrios chinos consolidados tienen más de 100 años de antigüedad y cuentan con una población que supera los 100.000 habitantes de origen o nacionalidad china —como ocurre en Yokohama, Singapur, San Francisco o Nueva York—, la emergencia de otros menos conocidos hasta ahora en países como Sudáfrica, Madagascar, Mauritania, Perú o Ecuador obedece a la lógica de ampliar sus conexiones con regiones que cuentan con un potencial económico de interés para China. Algo parecido ocurre con la diáspora taiwanesa, una comunidad que no se cansa de buscar el estrechamiento de vínculos económicos y culturales en los países donde se encuentran, principalmente en el sudeste asiático, Oceanía y América del Norte. 

Además de los intereses geoestratégicos, estos barrios chinos obedecen a la voluntad de crear un entorno más chino y aislado de la influencia occidental para la diáspora que reside allí. De esta manera, se instauran negocios específicamente pensados para un público chino que probablemente no captarían tanta clientela fuera de esos barrios, lo que contribuye a estrechar las relaciones y compartir gustos e intereses entre compatriotas. 


La mayoría de los barrios chinos se han consolidado en países del sudeste asiático, América del Norte, Europa y Oceanía. En menor medida, pueden encontrarse algunos puntos estratégicos en América del Sur y países puntuales de África, como Marruecos, Sudáfrica o Madagascar. Fuente: HAO

Autoexplotación, sacrificio y prosperidad 

En España es frecuente la expresión “trabajar como un chino”. Este estereotipo que ha adquirido la comunidad china residente en el país tiene su origen en la particular organización colectiva que mantiene y su escasa demanda de servicios y prestaciones sociales ofrecidas por las instituciones públicas: algunos profesores de centros educativos se quejan a veces de la poca interacción de los padres chinos con las autoridades escolares, rara vez acuden a los centros sanitarios a pesar del gran porcentaje que aportan a la Seguridad Social y son también los grandes ausentes en los programas sociales destinados a inmigrantes promovidos por el Estado. 

Todo apunta a que los chinos son los que menos asistencia reclaman del Estado en el que residen en comparación con otros colectivos de inmigrantes. Esto se debe a que, por una parte, el colectivo cuenta con unas fuertes redes de apoyo y cuidado intergrupal. Los chinos consideran que la solidaridad y la ayuda a sus compatriotas en el extranjero es una característica de su pueblo, por lo que sería muy improbable ver alguna vez a algún chino viviendo debajo de un puente en Occidente. Esta ayuda es todavía más efectiva cuando existen vínculos de parentesco —según la filosofía confuciana, esto implica obligaciones sociales de solidaridad y sacrificio personal por el bien del familiar— o incluso un mero sentimiento de cercanía por compartir el mismo lugar de procedencia. Por otra parte, esta estructura de apoyo y ayuda mutuos está intrínsecamente relacionada con un profundo orgullo cultural que se proyecta en sus esfuerzos por presentar una imagen fuerte e independiente de cualquier ayuda exterior. 

No obstante, este sistema de protección y cuidado recíprocos también tiene sus límites. En un estudio realizado en Francia sobre la inmigración china se pudo constatar que la red de ayuda familiar no significa un apoyo incondicional basado en el desinterés financiero: la solidaridad se mide en criterios monetarios y según la posición social del solicitante. Lo más preocupante es que, en algunos casos, la solidaridad puede transformarse con el tiempo en situaciones de violencia, aislamiento y explotación entre compatriotas, pues a menudo las víctimas de estas prácticas se limitan a contener su enfado y prefieren reservarse la injusticia en vez de denunciar lo ocurrido por miedo a una venganza mayor y cierto desconocimiento del funcionamiento del sistema judicial en el país de acogida. 

A pesar de estos fallos y abusos ocasionales, sin estas redes de solidaridad habría sido prácticamente imposible consolidar tantas empresas familiares que constituyen el núcleo económico de millones de chinos que han venido a Occidente para buscar una vida alternativa. La empresa familiar, en tanto motor de desarrollo y de éxito económico, se ha convertido en un icono dentro del mundo chino. A menudo, el éxito económico se ha asociado con la reproducción y extensión de la lógica interna de la empresa familiar agraria en la China tradicional; los inmigrantes chinos han adaptado sus valores, su forma de organización social y su visión del mundo a las nuevas circunstancias en el extranjero. La idea consiste en lograr que la familia sea la propietaria de sus medios de producción —en forma de restaurantes, bazares y tiendas— para que todos los miembros puedan trabajar para sí mismos, sin tener que vender su mano de obra a terceros. 

Tradicionalmente, el límite a la prosperidad de una familia lo imponía el mecanismo de la herencia: la división del patrimonio familiar entre los hijos varones y las dotes entregadas a las hijas que se casaban hacía que cada nueva generación heredase menos. Las familias se veían obligadas con frecuencia a enviar a algún miembro al extranjero para que contribuyera a mejorar su situación económica. Emigrar solía ser, por lo tanto, una decisión familiar antes que individual, razón por la cual los migrantes tienden a seguir estrechamente vinculados a sus familiares en China, ya sea para pagar sus deudas por haberlos ayudado a salir del país o bien para enviarles remesas con el fin de asegurar el futuro próspero de la familia. 

Una vez en el extranjero, lo que más sorprende a los occidentales es la ética del trabajo de los migrantes chinos: su disposición a esforzarse hasta los extremos en el trabajo y autoexplotarse aguantando extensas y duras jornadas laborales sin descansar —ni siquiera estando enfermos— responde al ideal de buscar el bienestar material a largo plazo y la seguridad del grupo al que se pertenece y con el que todos los miembros se identifican más estrechamente: la familia. El objetivo principal es trabajar y hacer la máxima cantidad de dinero posible, generalmente para luego volver a China a los 50 o 60 años, cuando son incapaces física y psíquicamente de seguir sacrificándose en el trabajo, ya han formado una familia y han cumplido su deber como padres. 

Este retorno al país de origen también obedece a la lógica confuciana: por una parte, añoran su país natal y su profundo nacionalismo los hace retornar a su madre patria para pasar sus últimos años de vida; por otra parte, deben cumplir con la obligación social —y legal en el caso de nacionales chinos— de cuidar a sus ancianos padres. Sin embargo, muchos migrantes chinos que han trabajado en países con un fuerte Estado del bienestar no descartan la posibilidad de volver a sus países de acogida si enferman para beneficiarse del sistema de la seguridad social, ya que en China la sanidad sigue siendo muy cara

Sea como fuere, en la búsqueda del bienestar material y la prosperidad a largo plazo es indispensable una gran capacidad de ahorro y de aplazamiento de las satisfacciones, limitando los gastos hasta extremos difícilmente comprensibles para el baremo de consumo en las sociedades occidentales, pues se satisfacen solo las necesidades vitales mínimas a pesar de poseer medios económicos que permitirían una mayor comodidad en el consumo. Gastar el dinero en el disfrute personal es criticado duramente entre la diáspora, todo lo contrario de lo que ocurre con las nuevas generaciones que vienen de China a completar sus estudios en la universidad, pues la enorme mejora en la situación económica del gigante asiático ha posibilitado la acumulación de riqueza en muchas familias. Esto, a su vez, permite a los padres enviar a sus hijos a estudiar en el extranjero, muchos de ellos ya acostumbrados a llevar una vida holgada y cómoda sin necesidad de abrazar la frugalidad de las generaciones anteriores. 


Estudiantes chinos en el extranjero —gris claro— y aquellos que vuelven a China después de graduarse —gris oscuro—. Cada vez más chinos apuestan por volver a su país para trabajar tras recibir su educación en el extranjero, hecho claramente relacionado con el gran avance económico que está experimentando China en los últimos años. Fuente: China Daily

¿Tradicionalismo o cambio? 

Las redes de apoyo entre compatriotas, el rechazo a la ayuda procedente del exterior, la obediencia sin rechistar hacia los mayores de la casa, el sacrificio en el trabajo y el ahorro como pilares fundamentales de la prosperidad familiar son valores inseparables de los migrantes chinos, pero ¿sus hijos educados en Occidente heredarán estos principios? Hoy en día, esta es una pregunta sin respuesta. 

La nueva generación será diferente de sus padres, nacidos y criados en una sociedad distinta; se educarán desde niños en el país de acogida y probablemente querrán integrarse como miembros plenos de esa sociedad. Pero ser ciudadano de un país occidental con unas raíces culturales lejanas y unos rasgos físicos no caucásicos puede plantear numerosos desafíos, sobre todo relacionados con la preparación para convertirse en adultos aceptablemente integrados, capaces de contribuir a la prosperidad de su país de acogida. 

Tal vez sea demasiado generalista asumir que no existe una integración efectiva de la segunda generación de la diáspora china en las sociedades de acogida o que es inevitable la inmersión de estos inmigrantes y su descendencia en la cultura del país receptor; todo depende de cómo los hijos de esta diáspora sean capaces de responder no solo a los choques de la biculturalidad, sino también a las barreras que frenan su inserción plena, como los estereotipos incesantes basados en la raza o etnicidad. Por esta razón, no se puede saber de partida si los hijos de estos migrantes chinos se aferrarán a sus raíces o se adaptarán progresivamente a los valores y la forma de pensamiento occidental: los padres querrán preservar gran parte de los elementos de su identidad cultural, mientras que la sociedad receptora empuja en la dirección contraria. 

La personalidad de cada uno, las vivencias personales, las percepciones de discriminación y autoestima o el nivel de educación son variables fundamentales que influyen en la decisión de estas flores de la diáspora de seguir el camino de sus padres en busca de la prosperidad familiar o, por el contrario, otras vías alternativas más cercanas a la búsqueda de una integración completa en el país de acogida de sus padres. Queda por saber qué tipo de políticas desarrollarán los Gobiernos occidentales para mejorar la calidad de vida de estas personas, pero también cabe preguntarse qué puede hacer la diáspora —y, sobre todo, su descendencia— para contribuir a la armonía y el equilibrio social. 



Escrito por: Meng Jin Chen Huelva, 1996. Graduada en Relaciones Internacionales por la UCM. Española de ascendencia china, especialmente interesada en Asia-Pacífico, la construcción de identidades culturales y prevención de conflictos. 

Publicado en: El Nuevo Orden Mundial

 

sábado, 25 de enero de 2014

España necesitará otro boom de inmigrantes después de la crisis


La crisis ha dibujado un nuevo retrato robot de los inmigrantes, que se han "españolizado". El envejecimiento de la población nativa y también de la extranjera hará necesario otro boom demográfico dentro de unos años. 

Gráfico: C. Galera.


Mayores, con más formación, sobre todo mujeres y enfocados al sector servicios. Así es el perfil de los inmigrantes que viven en España tras cinco años de crisis. Bastante diferente de la arquetípica imagen de peones extranjeros que copaban las obras de medio país. ¿Qué ha sucedido desde 2007? 

Está a la vista de cualquiera: dos recesiones, más que socavón en el mercado laboral, desempleo en máximos, desplome del consumo y de la confianza… Pero, más allá de los grandes titulares, también hay lugar para otros movimientos importantes… 

La crisis ha acabado con 900.000 puestos de trabajo de inmigrantes, la mitad de ellos en los últimos dos años. Y lo ha hecho de una manera muy desigual. Es muy destacable este dato: entre la mitad de 2011 y la de 2012 mientras los ocupados extranjeros entre 16 y 34 años se han reducido un 38% (unos 650.000 efectivos), los mayores de 35 años se han incrementado un 8% (lo que representa 125.000 personas más). 

¿Cómo se explica este cambio? “El envejecimiento de los individuos presentes en el mercado de trabajo inmigrante emerge como una característica esencia del cambio estructural que se está operando con la crisis, reflejo parcial de la salida de inmigrantes más jóvenes hacia el exterior y, por otra parte, del aumento de su edad, junto al de nuevas entradas exteriores en la población inmigrante de 36 a 64 años”, afirma el Anuario de la inmigración en España, titulado ‘Inmigración y crisis: entre la continuidad y el cambio’, que publica la Fundación Cidob y la Ortega-Marañón, entre otras.

Asimismo, se ha producido un trasvase entre sectores. La caída de la ocupación en la construcción explica casi el 100% de las pérdidas de empleo de los inmigrantes durante la crisis, a cambio, se ha incrementado en los servicios (un 4% más). “También este colectivo se ha feminizado y se ha incrementado el autoempleo”, dice Josep Oliver, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los coordinadores del informe. 

Población envejecidas = dudas en el sistema de pensiones 

Lo cierto es que tras estos cambios, se esconde una nueva pirámide poblacional. Ésta y, sobre todo, la futura, debilitan aún más la sostenibilidad del sistema de pensiones (se reduce el número de afiliados a la Seguridad Social por jubilado), que justamente ahora se encuentra en plena revisión. 

De acuerdo con el informe, “el colapso del empleo de los más jóvenes y su paulatino abandono del país, sugiere importantes vulnerabilidades que sólo se harán visibles una vez retorne el crecimiento del empleo”. 

Así, aunque ahora pueda parecer un espejismo (con una tasa de paro que supera el 27%), la economía española dentro de unos años puede requerir otra vez la entrada de extranjeros para compensar la falta de jóvenes. 

Para Oliver, “cuando se haya recuperado el mercado laboral se verá otra que hacen falta determinados perfiles, ya que muchos de los inmigrantes jóvenes se han ido. También por la propia estructura demográfica de España, con una población cada vez más envejecida”. Sara de la Rica, catedrática de la Universidad del País Vasco e investigadora de Fedea, señala que “necesitamos que entren inmigrantes (y que la mujer no abandone el mercado de trabajo al tener hijos) mientras que el número medio de hijos por mujer sea tan bajo como el actual. Ahora está en alrededor de 1,3 hijos por mujer y para que la población no decrezca necesitamos 2 hijos por mujer [en la Unión Europea ronda el 1,6]. Por tanto, necesitamos flujos de entrada de población desde ya y hasta que las que vivan en España tengan menos hijos que los necesarios”. 

¿Para cuándo? 

Según los expertos, el mercado laboral no puede empezar a crecer, al menos, hasta 2015. Y, para volver a los niveles previos a la crisis, creen que tiene que pasar al menos una década. Por lo que este nuevo boom no será necesario hasta varios años después. 

Además, De la Rica advierte de que esta solución lo que hace realmente es retrasar el problema. “Ahora, si durante un tiempo suficientemente sostenido los inmigrantes nos solucionan el problema de la baja natalidad de nuestro país y provocan el crecimiento de la población que se requiere sí que podrían ayudar a paliar el problema de envejecimiento de la población”. También de que el perfil requerido en el futuro será totalmente distinto del de los años anteriores de bonanza. 

“Si tendemos hacia un modelo económico de más alto valor añadido necesitaríamos inmigrantes más cualificados y deberíamos premiar su entrada frente al resto. Esto es lo que están haciendo ahora mismo los países más desarrollados. Pero si seguimos centrados en trabajos del sector servicios muy poco cualificados, entonces cuando salgamos de la crisis estos empleos volverán a ser necesarios y se necesitará mano de obra inmigrante para cubrir los puestos ‘peores’, lo que los nativos no quieren”, añade la economista. 

En todo caso, ahora el panorama es bien distinto. Y, mientras los niveles de desempleo continúen tan elevados y las perspectivas sigan tan negativas, es muy difícil mirar más allá y, si quiera, pensar en revertir los flujos migratorios (ahora abandonan España más personas de las que entran).

Articulo escrito por: María G. Mayo y publicado en: Expansión


martes, 18 de junio de 2013

Todos somos migrantes: Fundación directa

 

SINOPSIS: La migración es un fenómeno inherente a la historia de la humanidad. Desde la época prehistórica, el tiempo nómada por excelencia, hasta los periodos marcados por las guerras o hambrunas, o en la actualidad cuando los éxodos han venido condicionados principalmente por la búsqueda de mejores condiciones de vida, la migración ha estado ahí. Las migraciones son también un fenómeno social, político y demográfico que caracteriza nuestro presente. Unas corrientes que se suceden a nivel internacional, como a nivel interno. La Organización Mundial para las Migraciones calcula que existen cerca de 214 millones de personas migrantes en el mundo, es decir una de cada 33 personas. 

PARTICIPANTES: Estíbaliz Infante Rodríguez, socióloga (Fundación Directa); Isabel Baeza Fernández.

domingo, 20 de enero de 2013

Dueños de sus ilusiones (Canal UNED)


La situación geográfica de España le convierte en un país clave para la regulación de la inmigración en la Unión Europea. De la mano de expertos en Derecho conoceremos cómo se encuentra la normativa vigente y nos acercaremos a los Centros de Internamiento para Extranjeros, conocidos como "centros de la vergüenza". Allí, en una situación de ilegalidad, se
"encarcela" a inmigrantes sin papeles como es el caso de María Luisa, que nos cuenta su triste experiencia en el centro de Aluche, en Madrid, y el duro trauma que le supone estar en permanente alerta ante la posibilidad de ser expulsada en cualquier momento.

PARTICIPANTES: 
  • Juan Manuel Lacruz López, Profesor Titular de Derecho Penal de la UNED.
  • Pedro Pablo Miralles Sangro, Catedrático de Derecho Internacional UNED.
  • Ricardo Ángel Basilico, Juez de Cámara ante los Tribunales Orales en lo Criminal de la Capital Federal, Buenos Aires.
  • Patricia Gabriela Mallo, Jueza de Cámara ante los Tribunales Orales en lo Criminal de la Capital Federal, Buenos Aires.
  • Margarita Martínez Escamilla, Catedrática de Derecho Penal de la Universidad Complutense; Fernando Tesón, Presidente de la Sección Sexta de la Audiencia Provincial de Cádiz en Ceuta.

jueves, 5 de julio de 2012

El número de rumanos en España se reduce por primera vez

El número de rumanos que viven en España con un permiso de residencia cayó por primera vez en el primer trimestre de este año, con una reducción que si bien está por debajo del uno por ciento, representa un cambio en la tendencia desde la incorporación de Rumanía a la Unión Europea, pues la comunidad afincada en España no había parado de crecer, con ritmos que llegaban a rozar el 20%. 
En total, al cabo del primer trimestre de este año se contaban en España 5,29 millones de extranjeros con permiso de residencia, 238.454 personas más que en el mismo periodo del año anterior (4,72%). De ellos, 2,7 millones son oriundos de países no europeos (51,58%) y 2,5 millones proceden de la Unión o son parientes de ciudadanos comunitarios (48,42%). 
En la actualidad, la rumana es la nacionalidad extranjera más numerosa en España, representa al 35,26 por ciento de todos los foráneos que viven en el país y cuenta con 903.964 ciudadanos registrados, conforme los datos de la Secretaría General de Inmigración y Emigración actualizados a 31 de marzo de 2012. 
Aunque son ciudadanos europeos y, como tales, tienen libertad de circulación, en España tienen restringido el acceso al mercado laboral desde julio de 2010, cuando el Gobierno les impuso la obligatoriedad de contar con un permiso de residencia. 
La comunidad rumana siguió incrementándose durante los meses siguientes pese a la restricción, aunque a ritmos cada vez más bajos. Si en 2008 había crecido un 19,04 por ciento, en 2009 frenó hasta el 4,57 por ciento, pero en 2010 la subida fue del 11,84 por ciento y, en 2011, registró un aumento del 11,84 por ciento. Entre marzo de 2011 y marzo de 2012 se amplió un 4,92 por ciento. 
Ahora se registra un primer descenso poblacional al comparar el primer trimestre del año con la recta final de 2011, cuando figuraban en las estadísticas oficiales 8.562 personas más de esta nacionalidad, principalmente por la salida de hombres, que a 31 de marzo eran un 1,3 por ciento menos que a penas tres meses antes. 
La rumana no es la única comunidad que ha registrado descensos. La búlgara, que comparte restricciones al mercado laboral, se redujo un 1,62 por ciento en el primer trimestre del año hasta los 172.565 habitantes; la portuguesa cayó un 1,74% interanual y cuenta con 127.852 y los polacos también son menos, con una reducción interanual del 4,25 por ciento, una caída del 1,23 por ciento en el primer trimestre y un total de 83.543 ciudadanos. 
Entre las principales nacionalidades no comunitarias sólo se han producido descensos entre ecuatorianos y colombianos. Los primeros, que suman 371.526 personas y son el 13,6 por ciento de los inmigrantes, vieron reducirse su población con permiso de residencia en un 0,24 por ciento en el primer trimestre y en un 2,46 en comparación con 2011. Los colombianos, que a 31 de marzo ascendían a 224.158 y son el 8,21 por ciento de la extranjería, perdieron un 1,44%. 
De hecho, cinco de las quince nacionalidades no comunitarias más numerosas han registrado incrementos durante este periodo, especialmente la marroquí, segunda comunidad extranjera más grande de España, que tiene 813.835 ciudadanos inscritos, el 29,81 por ciento del total. En el primer trimestre del año creció un 1,51 por ciento y, en comparación con 2011, aumentó un 4,7 por ciento (36.557 personas más). 
Otras cuatro de las quince nacionalidades más numerosas vieron aumentar su población durante el inicio del año: Paraguay, Pakistán, Bolivia, Senegal y Filipinas, que crecieron por encima del 2%. En perspectiva interanual, destaca el aumento de la comunidad boliviana, que creció un 12,44 por ciento (16.205 personas más); la china, con un 6,06% (9.733 personas más); la paquistaní, con un aumento del 16,02% (8.720) y la paraguaya, que aumentó un 24,87 por ciento (7.415 ciudadanos más). 

Fuente Original: Europa Press

jueves, 19 de abril de 2012

Adiós a la "medicina" de la inmigración

Durante la última década la población empadronada ha crecido de un modo vigoroso. Si bien el exceso se ha debido a la inyección migratoria y, apenas cabe achacarlo a la salud natural. Pero con los datos del último año en la mano, la crisis ha consumido la medicina inmigratoria y se ha revertido la tendencia. El hecho es que la población se ha estancado y, a lo largo de todo un año, apenas hemos sido capaces de sumar 22.500 residentes. Esta escasa ganancia se debe que aumentan los españoles y disminuyen los extranjeros. Para complicar más la cosa, no sólo aumentan los españoles (62.944) si no que también lo hacen los extranjeros comunitarios (45.494). Y, entonces ¿quiénes disminuyen? Pues los extranjeros no comunitarios (-85.941), que son los que han desaparecido de las cuentas del Padrón.
A resultas de lo cual, la reducción del censo extranjero es leve (40.447) pero significativa, y más por lo que sugiere que por lo que confirma. Sugiere que aumentan los españoles y que hay más emigración que inmigración. No es arriesgado aventurar que esa tendencia se acentuará porque como alternativa a las dentelladas de la crisis un extranjero puede irse pero también puede protegerse mediante la naturalización. Así que una parte del aumento de los españoles se debe a la adquisición de la nacionalidad por lo mismo que una porción de los españoles que se van son de origen ecuatoriano, argentino o venezolano. Pero el padrón también confirma que se está produciendo una lenta redistribución regional de los foráneos por el interior de España. Pues las cinco CCAA con una proporción mayor de extranjeros pierden población, mientras que las cuatro donde menos peso tenía la extranjería suman efectivos.
Otro dato interesante de este avance del padrón es que por un lado disminuyen los extranjeros mejor aceptados y, por el otro, aumentan los más rechazados. O lo que es lo mismo, menguan los ecuatorianos, colombianos, bolivianos, peruanos y argentinos, mientras medran los rumanos, paquistaníes, marroquíes y chinos. Pero recuerde el lector que menguar no equivale a emigrar ni tampoco medrar necesariamente significa inmigrar. No en todos los casos y no por igual. Porque quizás los rumanos que se empadronan al alza no se encuentren aquí y en realidad estén circulando por la Unión Europea o yendo y viniendo de aquí para allá. Por lo mismo, es probable que no hayan retornado tantos ecuatorianos y colombianos como parece y que algunos de los españoles que se van sean de origen inmigrante.
En otras palabras, Latinoamérica se aleja o se nos mete dentro, según se mire. Se aleja si pensamos en que son latinoamericanos los que han salido de España en el último año, pero se adentra si imaginamos que hay menos extranjeros y más españoles porque algunos de esos latinoamericanos se han naturalizado. De todo hay. Lo único cierto es que la crisis ya ha empezado a alterar la dinámica migratoria y, para cuándo se cierre, también se habrá modificado el panorama de la extranjería en España. Unos se habrán ido, otros se habrán quedado pero como españoles.


jueves, 11 de agosto de 2011

La mayoria del empleo inmigrante es para mujeres

El colapso del sector de la construcción en España, y como consecuencia, el de una economía excesivamente dependiente de esta actividad, ha cambiado radicalmente el panorama del empleo.Si antes la construcción empleaba a la mayoría de los trabajadores extranjeros, sobre todo hombres, ahora las posibilidades de trabajo para inmigrantes se dirigen sobre todo a las mujeres.
Así lo confirman desde Cruz Roja, ya que en su bolsa de empleo la mayor parte de las ofertas son para mujeres. Sobre todo para servicio doméstico, pero incluso en hostelería. Algo que ha cambiado mucho la situación anterior. "Hay muy pocas ofertas para hombres", confirma Rubén Martínez, responsable de la organización de los programas de acogida y también de retorno de inmigrantes, entre otros.
Por eso, los inmigrantes que antes se empleaban en la construcción, ahora están parados. Y muchos de ellos regresan. De los que solicitan ayuda para volver a sus lugares de origen, la mayoría son latinoamericanos. Los principales países son Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, Argentina, Paraguay y Venezuela.
La mayoría, explica Martínez, son personas que vienen solas, aunque en ocasiones se van familias enteras o incluso hay padres que envían a sus hijos fuera del país, con otros familiares, a la espera que su situación económica mejore. "La gente está apurada, pero siempre intenta quedarse", añade Martínez.


jueves, 4 de agosto de 2011

El constitucional italiano declara nulo un precepto del Código Civil que impedía casarse con un inmigrante irregular

El Tribunal Constitucional italiano ha declarado en una sentencia publicada este lunes que la condición de inmigrante irregular "no puede ser obstáculo para la celebración del matrimonio con un ciudadano o ciudadana italiana".
Así, el Constitucional ha declarado la inconstitucionalidad parcial del artículo 116 del Código Civil, en el que se establecía que el inmigrante debía poseer un permiso de residencia regular para poder contraer matrimonio con un italiano.
El Alto Tribunal, según la prensa italiana, se hace eco así de una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo por la que "el margen de apreciación reservado a los estados no puede extenderse hasta el punto de introducir una limitación general, automática e indiscriminada de un derecho fundamental" garantizado por la Convención Europea de los Derechos Humanos.
El Tribunal italiano ha considerado que el derecho a contraer matrimonio es un derecho "inviolable" protegido por el artículo 2 de la Constitución italiana y ha asegurado que "la condición jurídica del extranjero no debe ser considerada como causa admisible para un trato discriminatorio".

sábado, 30 de julio de 2011

Nueva edición del curso de formación en voluntariado e inmigración (Valencia Acoge)




Dirigido a interesados en colaborar como voluntarios en alguno de los proyectos que desarrolla Valencia Acoge, profesionales del ámbito de las ciencias sociales, etc.


Contenidos: Políticas de inmigración, ley de extranjería, estereotipos y prejuicios en torno a la inmigración, comunicación intercultural, filosofía de la asociación, Programas de Valencia Acoge, Experiencias de voluntariado…

Inscripciones: hasta el 9 de septiembre.

Por correo electrónico: Envía tus datos a la siguiente dirección: valencia.acull@redacoge.org

Presencialmente: rellena el folleto de inscripción y entrégalo en la sede de la asociación (C/San Juan Bosco num 10 bajo 46019, Valencia) , en este caso ten en cuenta que la asociación estará cerrada hasta el 5 de septiembre.

Duración: 21 horas lectivas, entrega de certificado de asistencia. Coste : 10 Euros.

Para más información: valencia.acull@redacoge.org


Valencia Acoge-València Acull

C/ Sant Joan Bosco núm 10, baix.

46019-València

Tel: 963660168

Fax: 963294092

mòbil: 605886288

coordinacion@valenciaacull.org

valencia.acull@redacoge.org

http://www.valencia-acoge.org



La integración de y con los inmigrantes en España: debates teóricos, politicas y diversidad territorial